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La diversidad agrícola
Biodiversidad agraria

La inconveniencia de perder las viejas variedades tradicionales de las especies que a lo largo de los siglos han garantizado la subsistencia de las comunidades campesinas de la isla es algo evidente, si bien no ha resultado fácil en las últimas décadas obtener los recursos necesarios para su correcta preservación.

La conservación ex situ de estos recursos genéticos agrícolas no es técnicamente compleja pero sí en extremo laboriosa y por tanto muy exigente en tiempo, dinero y fundamento. Y a ello se han aplicado en las últimas décadas los técnicos en Canarias, eso sí, con mayor o menor fortuna, según qué isla, pues no ha existido nunca un programa gubernamental en este sentido de aplicación común en el conjunto del Archipiélago.

Sin embargo, entraña mayor dificultad evitar la pérdida de nuestra cultura agrícola y gran parte de los esfuerzos, no ya del futuro sino de hoy mismo, han de encaminarse a atenuar en la medida de lo posible este proceso.

La acumulación de diversidad es parte de esta rica cultura y, alrededor de aquellos cultivos que en algún momento fueron importantes para la subsistencia de una comunidad, existió una acumulación sorprendente. Pero también es parte de esta cultura la resistencia que ha existido en nuestras sociedades rurales a perder definitivamente determinadas especies o variedades de cultivo pues siempre ha habido miembros de las mismas, en algunos casos marginales, que han desarrollado un especial apego hacia ellas.

La percepción que tienen los campesinos de la diversidad existente dentro de un determinado cultivo es bien diferente de la que pueden tener los técnicos, pues los primeros tienen en cuenta variables surgidas de un contacto estrecho y continuo con el mismo, difíciles de apreciar por un técnico o un botánico. Tal percepción campesina, que en ocasiones puede incluso sobreestimar la diversidad que realmente existe, constituye una buena herramienta de protección de la biodiversidad agrícola pues le pone nombre y por tanto diferencia cualquier variación por ellos advertida. 

Evidentemente la pérdida de elementos de este cúmulo de especies y variedades podía acaecer dentro de un núcleo familiar o de una comunidad, incluso en el seno de una comarca amplia, pero de nuevo los vínculos de carácter cultural con otros núcleos y comunidades podrían paliar dicha pérdida. Eventos en los cuales se socializaban los acontecimientos y los conocimientos, como fiestas, funerales, casamientos, bautizos, trabajos comunales, etc. constituían un espacio propicio para proveerse tanto de variedades perdidas como de otras de reciente introducción. 

La irrupción en el pasado de variedades foráneas que pudieran rendir más cosecha que las tradicionales de una determinada localidad no llevaba necesariamente consigo la pérdida irremisible de las variedades más antiguas, pues no sólo la productividad era la única variante considerada por los agricultores para mantener en sus campos tal o cual variedad. Otras variantes como una mayor precocidad, un alto valor culinario, una mejor aptitud para la conservación, etc., podían jugar a favor de la conservación de las viejas variedades al margen de que se diera la adopción de las nuevas.     

En ciertos cultivos - como el millo - parece incluso conveniente que exista siempre cierto flujo de material para evitar la depresión endogámica, eso sí, al amparo de la cultura campesina, que será la que garantice el mantenimiento de la identidad de las variedades que manejan.

Hoy nuestras sociedades rurales se encuentran en la mayoría de los casos desestructuradas. No hay trasmisión generacional de conocimientos, los canales de transmisión se han roto pues los destinatarios tradicionales de todos los saberes agrícolas y ecológicos que atesoran las comunidades se encuentran fuera de las mismas, ya físicamente, ya culturalmente. Ello ha traído consigo no sólo la pérdida irreversible de multitud de variedades antiguas de cultivo y de la cultura asociada a las mismas sino también la dilución de los elementos culturales que cohesionaban los núcleos familiares.

Porque no hemos de olvidar que a cada agricultor van ligados una serie de atributos culturales que hacen muy difícil que a día de hoy en nuestra sociedad podamos improvisar nuevos agricultores de la noche a la mañana partiendo de personas ajenas al campo. Y si bien es verdad que debemos aplicarnos en evitar la pérdida de nuestras variedades locales también deberíamos esforzarnos en tratar de no perder nuestros agricultores.

A nadie, a poco que se le explique, se le escapa el beneficio de no perder nuestras variedades antiguas, y muchos tal vez harían un esfuerzo por conservarlas en la medida de sus posibilidades. Pero es evidente que nuevas variedades seguirán llegando a nosotros desde el exterior, quizás hoy con mayor profusión que en el pasado, de ahí que hemos de asumir que, a buen seguro, nuestros hijos no dispondrán, por ejemplo, de la cincuentena de variedades de batatas que a día de hoy tenemos en nuestros campos y que lo realmente importante es que puedan disponer de cincuenta variedades, cualesquiera que fueran, y saberles sacar partido.

La recuperación de nuestra identidad/resistencia cultural ha de partir irremediablemente desde los colegios, y desde los niveles educativos más básicos hemos de educar a los más pequeños y promover en ellos la percepción temprana de la diversidad tanto de olores, sabores, colores, texturas, etc.

Autor: Jaime Gil González
Fotografías: AIDER Gran Canaria

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SEMILLAS TRADICIONALES DE GRAN CANARIA
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